miércoles, 22 de mayo de 2019

Bajo la lluvia





Cuando la noche del tedioso domingo me ahoga con su negro manto de víspera siniestra, salgo a respirar vida.

Ya en la calle, me recibe un viento enfurecido que, como un dios poderoso de invisibles tentáculos, juega con las hojas muertas del parque elevando sus frágiles cadáveres hasta las mismas ramas que un día les dieron vida. Todo el parque es un reflejo exacto e invertido del paisaje otoñal de hace unos meses. Las copas de los árboles son ahora las hojas amarillas y rojizas que cubren todo el césped alrededor del tronco, mientras que las desnudas ramas parecen que clavaran sus extremos delgados en un cielo plomizo y ceniciento en busca de humedad, cual raíces sedientas.

Comienza a llover. Apenas se ve a nadie por las calles. Sólo de vez en cuando me cruzo con alguna pareja de jóvenes amantes que caminan abrazados bajo la frágil intimidad de un paraguas. Y al verlos, vuelven a mí los antiguos recuerdos, esos que se alojaron para siempre en el derstartalado hotel de mi alma voluble y soñadora. Llegan y se filtran a través de todas las heridas de la piel de mi espíritu. Y acuden en oleadas todas las sensaciones. Colores y palabras. Olores y suspiros. Y todo se me agolpa y me eleva hasta el vértice de una dimensión nueva, de un plano virtual donde los sueños embriagan, como el vino.
La noche huele a ti, a aquel perfume tuyo que anulaba mi débil voluntad. A nostalgias antiguas que regresan a mí con la fuerza imparable de un torrente sin cauce, sin destino posible…

Con las luces de un nuevo amanecer, vuelvo a casa. Conmigo regresa el dulce recuerdo de un amor que se quedó flotando para siempre en el aire dormido de mis noches en vela.

                                                                                                        
Enero,201...




martes, 11 de diciembre de 2018

Niebla





Anochece. Una gélida niebla envuelve todo el parque. Tras el espeso manto, surgen por todas partes cual soles amarillos y enfermizos, las luces mortecinas de cientos de farolas que parecen mirarme. Y en esta  noche fría con lágrimas de estrellas, pienso en ti como nunca. Y te imagino alegre, aunque en tus labios rojos se haya instalado un rictus de perpetua tristeza. Y te veo resuelta, aunque tus bellos ojos de color avellana conserven todavía ese brillo apagado de nostalgias antiguas que se afana sin éxito en nublar tu mirada.

¿Dónde estás tú esta noche, adorable poetisa de versos encantados? 
¿En qué rincón bañado por la luna juegas a ser la ninfa de los sueños prohibidos? 
¿Acaso te has quedado dormida, arropada tan solo por el manto de plata de esta luna redonda que me sigue mirando irónica y burlona, mientras me guiña su ojo de pérfida hechicera? 
¿O tal vez te perdiste entre los altos ceibas de una selva sombría y solitaria, persiguiendo a la aurora?

¡Qué tristeza en el aire de este frío diciembre! ¡La niebla se ha llevado los mágicos momentos en que tu corazón y el mío latían al unísono burlando las barreras de una lógica fría e inhumana, mientras nos elevábamos majestuosos sobre los negros prados de la mediocridad!
¡Qué frágil es la dicha y que fuerte el olvido! 

La vida nos ha ido enseñando a enturbiar con ondas de temores la superficie límpida y tranquila del lago de los sueños. Somos extraños seres que renunciamos a la felicidad por miedo al dolor que surge cuando la felicidad termina. Evitamos ser dichosos para no sufrir tras la dicha...

Y así, renunciamos a lo sublime por lo vulgar, a los sueños por los fracasos. Y nos pasamos toda nuestra triste existencia creyendo que hacemos lo correcto.

Es ya madrugada. La niebla se ha hecho más espesa. Apenas se dibujan ya en su lienzo de agua la luces mortecinas de las tristes farolas. El rocío de la tarde se ha tornado llovizna y un frío casi helado me golpea la cara.

Es hora de dormir abrazado, como cada noche, a tu dulce recuerdo.




sábado, 29 de septiembre de 2018

El farol y la luna



Fenece esa llama insolente apagando (pagando) su osadía de luz intrascendente de farol ante la fastuosidad de esa luna redonda que  en cada plenilunio le muda la razón en mística locura y lo empuja sin pausa y sin remedio a venerar su luz, a amarla sin medida.

Y es que el día que entendemos que el sentido final de este incierto viajar de la cuna a la tumba no es otro que el amor, nada ni nadie podrá ya detener ese río que fluye sin diques ni barreras.

Es entonces cuando, hasta la pobre luz de este farol mohíno y solitario, se atreverá a reunir todo el valor del mundo para mirar de frente y a los ojos a esa belleza pálida de guiños seductores que en cada plenilunio lo hechiza con su magia redonda de eterna enamorada, hasta hacer de su humilde alumbrar apenas un suspiro de brillos apagados de tanto desearla.

Pero a él no le importa perder toda su luz en cada luna llena porque sabe que al fin no hay nada más hermoso que morir por amor.

En las noches sombrías, solitarias y eternas...suspira y se estremece la llama del farol mientras sueña impaciente con la feliz llegada de un nuevo plenilunio.