domingo, 11 de abril de 2021

Aquellos románticos del XIX

 

Ni siquiera cuando la risa fluye en cada encuentro cual súbita corriente diáfana  y cantarina naciendo desde el centro mismo de la dicha más noble  y más auténtica, ni tan siquiera entonces, se le puede llamar amor. Miradas y caricias fortuitas son más vuelos rasantes de palomas que afán de transmitir los sentimientos. Si escondes en tu manga cualquier carta frente a quien te deslumbra con su risa esa primera vez. Si al hablarle de amor te hablas por dentro con un razonamiento paralelo buscando lo mejor para tu ego, estás asesinando la magia del encuentro, la esencia del amor. De un amor que debiera ser siempre franco y noble, sin trabas, sin barreras ni torpes aranceles.

Mirar, reír, bailar, abrazar o besar tibiamente no será suficiente. Se trata de gritar, hasta sentirte enloquecer en medio de las grises multitudes, que quisieras morir sólo de amor, sin otros argumentos ni razones. Mejor no descansar de pronunciar su nombre, ni un solo instante al día. No dar tregua a sus ojos en los tuyos ni siquiera en la noche. Se trata de vivir muriendo por sus besos y, al besar, dejarte el alma prendida de su boca. De amar sin planes de futuro, sin sombras de pasado. Amar, amar, amar sin condiciones. Aunque con ello estés hipotecando tu paz interior en un futuro incierto. Aún sabiendo que puede que mañana te dejen con el alma rota y al relente, tiritando de frío y soledad bajo las estrellas burlonas del verano

No importa. Lo sentido al amar de esa manera todo lo compensa. Porque todo lo que venga después será solo un intento de revivir aquello. Solo una mala copia de aquel fuego en el cuerpo ante su cuerpo. Un intentar volver inútilmente a sentirse inmortal ante los otros.

Sólo amando así aprenderás a diferenciar –como aquellos “locos” románticos del siglo XIX -  entre el estar y el ser frente al amor, entre el simple existir como mero espectador ante él y el vivirlo plenamente en cada mirada, en cada caricia, en cada suspiro. Solo así podrás descubrir que lo que de verdad importa, lo esencial en la vida, es el amor. Nada más que el amor.

miércoles, 23 de octubre de 2019

El arroyo


 Eran aquellas unas primaveras de lluvias generosas que inundaban los valles arrastrando monte abajo las cicatrices que se dejó en la tierra la aridez del invierno. Apenas caían las primeras gotas, se formaban hilillos de agua negra que arrastraban la mugre acumulada durante meses en la tierra baldía. Enseguida esos hilillos se juntaban con otros para crecer y descender laderas en forma de regatos alocados que, cual adolescentes fogosos, arrastraban hacia el valle piedras, ramas y matojos ya resecos con los que erosionaban el suelo hasta conseguir encajonar el torrente en un cauce a la medida.
                            
Cuando los regatos llegaban al valle, se unían al padre arroyo que bajaba del norte brincando entre peñascos o deslizándose por suaves desniveles alfombrados de pequeños y blanquísimos cantos rodados. Bajaba aportando al espectáculo de la primavera su propia banda sonora, una cantarina y monótona melodía de dulce sonsonete con arreglos de espuma.

En sus riberas, el trébol extendía retales verdes junto a los serios juncos que, en espigados ramilletes, balanceaban sus escuálidos tallos al compás de la música del agua, hasta conseguir mirarse, presumidos y coquetos, en el espejo del río. Delicadas matas de poleo, de presta, de hierbabuena, bañaban sus raíces en la tierra húmeda de las orillas mientras saturaban el aire con aromas mentolados. Y, en mitad del arroyo, allá donde la corriente se hacía balsa serena, algún nenúfar de flores amarillas jugaba a reposar su bella levedad.

Más adelante, cuando el desnivel del terreno se convertía en pendiente, como en una loca carrera, el agua tornaba a saltar con fuerza por encima de los peñascos redondos con su desbordante alegría de río joven  para caer después formando delicadas cortinas, tan delgadas, que se podía ver a través de ellas el verdor oscuro y misterioso de los musgos asidos a la piedra. Luego, como en una explosión de perlas, estallaba en mil gotitas, mil diamantes transparentes y juguetones acicalados con destellos irisados que pintaba en ellos el sol del mediodía.

Aquellas mañanas de las primaveras de mi infancia junto al arroyo, dejaron en mí un recuerdo tan intenso, con un sabor tan dulce a naturaleza en estado puro que, en más de una ocasión, me ha servido para atemperar el ardor de las heridas que me han ido dejando en el alma, a lo largo de los años, las diarias y resecas batallas por la vida.




miércoles, 22 de mayo de 2019

Bajo la lluvia





Cuando la noche del tedioso domingo me ahoga con su negro manto de víspera siniestra, salgo a respirar vida.

Ya en la calle, me recibe un viento enfurecido que, como un dios poderoso de invisibles tentáculos, juega con las hojas muertas del parque elevando sus frágiles cadáveres hasta las mismas ramas que un día les dieron vida. Todo el parque es un reflejo exacto e invertido del paisaje otoñal de hace unos meses. Las copas de los árboles son ahora las hojas amarillas y rojizas que cubren todo el césped alrededor del tronco, mientras que las desnudas ramas parecen que clavaran sus extremos delgados en un cielo plomizo y ceniciento en busca de humedad, cual raíces sedientas.

Comienza a llover. Apenas se ve a nadie por las calles. Sólo de vez en cuando me cruzo con alguna pareja de jóvenes amantes que caminan abrazados bajo la frágil intimidad de un paraguas. Y al verlos, vuelven a mí los antiguos recuerdos, esos que se alojaron para siempre en el derstartalado hotel de mi alma voluble y soñadora. Llegan y se filtran a través de todas las heridas de la piel de mi espíritu. Y acuden en oleadas todas las sensaciones. Colores y palabras. Olores y suspiros. Y todo se me agolpa y me eleva hasta el vértice de una dimensión nueva, de un plano virtual donde los sueños embriagan, como el vino.
La noche huele a ti, a aquel perfume tuyo que anulaba mi débil voluntad. A nostalgias antiguas que regresan a mí con la fuerza imparable de un torrente sin cauce, sin destino posible…

Con las luces de un nuevo amanecer, vuelvo a casa. Conmigo regresa el dulce recuerdo de un amor que se quedó flotando para siempre en el aire dormido de mis noches en vela.

                                                                                                        
Enero,201...