lunes, 10 de marzo de 2025

El último verano

 


Por entonces, las tardes eran silenciosas gaviotas suspendidas en vuelo sobre los arrecifes. Amarraban sus horas a nuestras emociones y nos dejaban libres del tormento del tiempo.

 

Subíamos cada tarde hasta el faro que corona el Monte de Poniente y allí, sentados al abrigo de su cilíndrico cuerpo de piedra y cal, muy juntos nuestros cuerpos, contemplábamos extasiados los últimos atardeceres de aquel verano. Sin mencionarlo una sola vez, éramos conscientes de que el final se acercaba inexorablemente. Cada día era más corto que el anterior, más fugaz y decadente a pesar de nuestras muestras de cariño.

 

Y el final, como estaba previsto, llegó. Septiembre nos separó definitivamente. Él marchó con su familia a su ciudad del sur de Francia y yo me quedé muda e inmóvil en mi pequeño pueblo costero.

En los días sucesivos a su marcha, seguí subiendo hasta el faro pero ya nada era igual. Mi caminar era el de una autómata cansada y los atardeceres ya no tenían el brillo y la prestancia de aquellos otros atardeceres de agosto. Sólo eran vulgares caídas de telón de final de una obra insulsa y sin gracia. Hasta las gaviotas se tornaron ruidosas y agresivas.

Solamente el faro mantenía su elegancia, impertérrito y enhiesto frente al horizonte. En cada atardecer, cuando encendía su ojo de cristal, lo movía lentamente hasta encontrar mi rostro para besar suavemente mis húmedas mejillas desoladas.

 

Una de las tardes de finales de septiembre, al llegar al faro, me pareció que algo había cambiado. No supe, en principio, saber qué. Pero tuve la extraña sensación de que todo era distinto a los días anteriores. El brillo del mar era más intenso. Las voces de los turistas, más cantarinas y agradables a mis oídos. Los gritos de las gaviotas, más soportables. Y las caricias de la luz del faro, más acogedoras. Un velero cruzaba la bahía lentamente y en mi se despertó el deseo infinito de formar parte de su tripulación, de ser uno de sus pasajeros. De sobrevolar el azul y llegar hasta su cubierta. De conocer a sus tripulantes y hasta de charlar con ellos de las cosas de la vida. En definitiva, de hacer nuevas amistades.

 

Esa tarde, al bajar hacia el pueblo, comencé a sonreír a todos los que se cruzaban conmigo. Esa tarde entendí el significado de aquella frase mítica que leí una vez siendo adolescente: “Si lloras porque no puedes ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Esa tarde entendí que la vida sigue y que los momentos felices no pueden ser eternos. Que son solo eso, momentos que hay que ir guardando en el saco de la memoria para cuando la soledad aprieta y nos ahoga.

 

Esa tarde supe que el amor volvía a rondarme, que estaba a punto de encontrarlo de nuevo y sonreí. Esa tarde me hice mujer definitivamente.

 

 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Los últimos amantes



 Ríen abrazados los últimos amantes junto a un mar ahora plácido y casi liberado de miles de ruidosos turistas de ocasión. Apuran los atardeceres de este intenso verano cálido y envolvente entre abrazos y risas. Y en cada nuevo abrazo, se funden en un beso   largo y apasionado mientras el sol se muere de viejo a sus espaldas ahogándose en el mar.

Se atemperan las tardes de este septiembre neutro y anodino. Mientras, sus días obreros van torneando una preciosa cuna con madera de hayas, de sauces, de castaños...para el otoño-niño que llegará una tarde cualquiera entre brillos dorados y entre sábanas tibias. Y un viento renovado anunciará, con ráfagas de lluvia, su feliz nacimiento. Nos llegará el otoño con un sol amarillo bajo el brazo y una risa de ámbar transparente que hará brotar, cual manantial divino, el mosto azucarado de las cepas.

 

Se despereza la luz de la mañana sobre los tejadillos repletos de vencejos soñolientos aún. Más allá de las torres sin almenas, se desnuda la sierra de perennes verdores y se pone su camisón de niebla para dormir un sueño que durará seis meses, hasta la siguiente primavera. Es tiempo de nostalgias, de añoranzas de unos días sin horas y sin prisas que, al igual que las aves migratorias, se escaparon huyendo de los fríos. Es tiempo de reposo, de planes y proyectos para el futuro incierto que, como un tren cansado y renqueante, nos lleva sin remedio, entre enormes volutas de humo negro, hacia el túnel oscuro del invierno.

 

Los últimos amantes regresan a sus casas de cálidos salones con paisajes marinos que a ratos mirarán con furtivas miradas de ojos entornados. Dejan atrás la playa y se llevan, guardados bajo llave y en cofres de colores, las risas y los besos del verano. Es su mayor tesoro.

El próximo verano volverán para rendir tributo, un año más, al amor, a la vida...

 

viernes, 14 de junio de 2024

Entre los cerezos

 


En junio, los cerezos están en plena madurez. Orean sus hojas, de un verde intenso, con la suave brisa del amanecer y alargan sus ramas hasta el infinito tratando de alcanzar los primeros rayos de un sol aún niño. En esa hora primera, todo el valle es un aquelarre de verdes fantasmas de  esqueléticos brazos que pugnan por la vida. Y, entre ese verdor tupido e intenso, colgadas de finos peciolos inquietos, como columpiándose cual niñas traviesas, asoman sus caritas rojas de doncellas tímidas, ellas, las cerezas.

En pequeños grupos o solas, rompen con su grito grana y bermellón, con su redondez de jóvenes frutas traviesas, la monotonía del salvaje verdor de las copas. Desde lo alto de las sierras que abrigan el valle, el espectáculo está garantizado. Cientos de cerezos de verdes melenas salpicadas de motitas rojas cual rubíes de fuego, cubren las laderas para asombro y gozo de los visitantes.

Al fondo, deslizándose a lo largo del valle cual plácido ofidio de camisa azul, el Jerte sonríe satisfecho lanzando reflejos de estelares brillos a los cuatro vientos. Como cualquier padre, se siente orgulloso y un tanto abrumado por tanta belleza.

Al menos, una vez al año, regreso a este valle a disfrutar de su belleza, pero también en busca de un sueño antiguo.

(Te fuiste una tarde como esta de junio de este valle nuestro. Yo vuelvo a su abrigo cada primavera: Te sigo buscando entre los cerezos”)

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Lluvia de Noviembre

                                                  Cáceres: Ciudad Antigua



Llueve torrencialmente sobre las piedras milenarias de la ciudad dormida.

 

La luz de los focos que iluminan las fachadas palaciegas y las torres desmochadas, se ha vuelto de  un color amarillo intenso. Se me antoja el aliento de espíritus inquietos torturados en los siglos más oscuros del medioevo.

    

  Hay un misterio tal en el aire acuoso de la  noche, cuando la lluvia empapa el alma de esta ciudad sedienta, que hasta el trasiego del escaso tráfico nocturno parece amortiguarse.

 

  Cada ráfaga de viento huracanado pareciera golpear la placidez y el sueño de siglos de quietud de la ciudad ausente. El cielo se anaranja por poniente.

 

  Por el parque desierto, cruza la sombra errante de un hombre solitario. Quizás vaya escapando del hastío que supone vivir sin horizontes ni esperanzas. O tal vez sólo huya de su propio destino.

 

  Golpea furiosa la lluvia contra los  adoquines, arrastrando en su ira las pocas hojas muertas que quedaban asidas a las ramas de los sufridos plátanos de sombra.

 

  El cielo se desangra en agua negra y el aire se satura de una humedad perversa que ataca la garganta de la noche.

 

  ¡Qué monstruo inesperado puede hacerse la lluvia  cuando baja sedienta de torrentes! 

 

 Esta no es la misma lluvia que en los postreros días de septiembre regaba suavemente los parterres donde las margaritas y las rosas sonreían a un otoño- bebé, recién nacido.

 

   Pasada la tormenta, la ciudad solitaria retornará a  dormir su sueño milenario de doncella encantada.

 

 Y, cuando asome el alba por detrás de las torres, nos  mostrará orgullosa su preciosa silueta de pétrea desnudez recién bañada y perfumada con las más exquisitas y excitantes fragancias traídas del último confín del universo .








 

 

miércoles, 28 de septiembre de 2022

LOS ÁRBOLES Y EL VIENTO


 




Los árboles ya nos hablan con su porte y su belleza, con los colores de sus hojas y el aroma de sus flores, con la hermosa realidad de sus frutos. Y nos hablan de sus vidas, ancladas en tierra por la raíz pero también con vocación de vuelo intentando alcanzar el cielo con sus ramas más altas.

Pero cuando los árboles nos hablan de verdad, cuando nos cuentan y nos cantan sus penas y sus alegrías es cuando son dirigidos por el más genuino y prestigioso director de orquesta , el viento. Es entonces cuando cada árbol se convierte en músico virtuoso de la monumental orquesta sinfónica de la Naturaleza.

 

 


SAUCES

Los sauces son las escobillas que acarician suavemente la piel del tambor en las noches bohemias del jazz. Aportan a la orquesta los sonidos más sutiles y sensuales y ello ocurre cuando el viento se hace brisa ligera y mueve sus desmayadas ramas rendidas por el peso de la nostalgia y por ese afán de querer besar el agua cristalina del río. La música del sauce es, en las cálidas noches del verano, un susurro de palabras de amor de rama a rama, los suspiros que salen de la garganta de sus hojas cuando se abrazan empujadas por la brisa mientras añoran lluvias de primavera.

 

 



NARANJOS Y LIMONEROS

 

Naranjos y limoneros son los músicos mejor perfumados de la orquesta. En las tardes de las dulces primaveras, saturan de aromas de azahar el aire. Sus hojas repiquetean a las órdenes del viento y el sonido viene a ser un rasgueo de guitarras en un patio sevillano en las mágicas noches andaluza.



 

PINOS 


Los pinos se sitúan en el lugar más alto de la orquesta. Cuando el cálido aliento del viento en las mañanas del estío golpea sus  redondas y orgullosas copas, estas agitan sus agujas y suenan igual que un afinado xilófono de viejas piezas de madera.Las vecinas cigarras aportan el acompañamiento rítmico con su monótono canto de siestas infinitas.

 



 

CASTAÑOS

 

Cuando el viento del otoño azota las ramas del enorme castaño, se produce un sonido grave y melancólico, una melodía triste que nos recuerda al saxo. Sus desmayadas notas consiguen que las hojas abandonen las ramas y comiencen a danzar cual expertas bailarinas mientras caen en graciosas piruetas y locos remolinos en busca de la mullida alfombra del suelo otoñal. Sus giros locos ofrecen un bello espectáculo a ritmo de blue al maravillado visitante de la foresta.

 


 

                                                  CIPRESES

 

Tras las blancas tapias de los silenciosos cementerios, entre tumbas de mármol con jarrones de crisantemos, mecen los cipreses sus severas siluetas con movimientos lentos y solemnes, acordes con el tiempo y el lugar. Un viento sigiloso se cuela entre sus ramas y extrae de ellos notas de paz espiritual. Los muertos sonríen al escuchar ese sonido grave de ronco y lastimero violoncelo.

 

 

 

 

 

domingo, 5 de junio de 2022

Tu cuerpo de luna

 


Desciende esa pálida luna por el universo curvilíneo de tu espalda buscando circundar la redondez planetaria de los glúteos, para adentrarse después por cálidas hendiduras en busca de abismos intangibles, donde se encenderá -al fin-, voluptuosa, su extraña e inso(a)ciable cara oculta.


A partir de ese mágico momento, veremos cada mes aparecer en el cielo dos lunas llenas, una por cada cara, que se alternarán entre los cuartos. Y entonces, la cara pálida y fría, la de todos los plenilunios, sentirá enormes celos azules de la otra porque, cual bella durmiente, despertó de su eterno letargo gracias a un beso de los labios más ardientes de
 tu cuerpo.

 

 

domingo, 11 de abril de 2021

Aquellos románticos del XIX

 

Ni siquiera cuando la risa fluye en cada encuentro cual súbita corriente diáfana  y cantarina naciendo desde el centro mismo de la dicha más noble  y más auténtica, ni tan siquiera entonces, se le puede llamar amor. Miradas y caricias fortuitas son más vuelos rasantes de palomas que afán de transmitir los sentimientos. Si escondes en tu manga cualquier carta frente a quien te deslumbra con su risa esa primera vez. Si al hablarle de amor te hablas por dentro con un razonamiento paralelo buscando lo mejor para tu ego, estás asesinando la magia del encuentro, la esencia del amor. De un amor que debiera ser siempre franco y noble, sin trabas, sin barreras ni torpes aranceles.

Mirar, reír, bailar, abrazar o besar tibiamente no será suficiente. Se trata de gritar, hasta sentirte enloquecer en medio de las grises multitudes, que quisieras morir sólo de amor, sin otros argumentos ni razones. Mejor no descansar de pronunciar su nombre, ni un solo instante al día. No dar tregua a sus ojos en los tuyos ni siquiera en la noche. Se trata de vivir muriendo por sus besos y, al besar, dejarte el alma prendida de su boca. De amar sin planes de futuro, sin sombras de pasado. Amar, amar, amar sin condiciones. Aunque con ello estés hipotecando tu paz interior en un futuro incierto. Aún sabiendo que puede que mañana te dejen con el alma rota y al relente, tiritando de frío y soledad bajo las estrellas burlonas del verano

No importa. Lo sentido al amar de esa manera todo lo compensa. Porque todo lo que venga después será solo un intento de revivir aquello. Solo una mala copia de aquel fuego en el cuerpo ante su cuerpo. Un intentar volver inútilmente a sentirse inmortal ante los otros.

Sólo amando así aprenderás a diferenciar –como aquellos “locos” románticos del siglo XIX -  entre el estar y el ser frente al amor, entre el simple existir como mero espectador ante él y el vivirlo plenamente en cada mirada, en cada caricia, en cada suspiro. Solo así podrás descubrir que lo que de verdad importa, lo esencial en la vida, es el amor. Nada más que el amor.

miércoles, 23 de octubre de 2019

El arroyo


 Eran aquellas unas primaveras de lluvias generosas que inundaban los valles arrastrando monte abajo las cicatrices que se dejó en la tierra la aridez del invierno. Apenas caían las primeras gotas, se formaban hilillos de agua negra que arrastraban la mugre acumulada durante meses en la tierra baldía. Enseguida esos hilillos se juntaban con otros para crecer y descender laderas en forma de regatos alocados que, cual adolescentes fogosos, arrastraban hacia el valle piedras, ramas y matojos ya resecos con los que erosionaban el suelo hasta conseguir encajonar el torrente en un cauce a la medida.
                            
Cuando los regatos llegaban al valle, se unían al padre arroyo que bajaba del norte brincando entre peñascos o deslizándose por suaves desniveles alfombrados de pequeños y blanquísimos cantos rodados. Bajaba aportando al espectáculo de la primavera su propia banda sonora, una cantarina y monótona melodía de dulce sonsonete con arreglos de espuma.

En sus riberas, el trébol extendía retales verdes junto a los serios juncos que, en espigados ramilletes, balanceaban sus escuálidos tallos al compás de la música del agua, hasta conseguir mirarse, presumidos y coquetos, en el espejo del río. Delicadas matas de poleo, de presta, de hierbabuena, bañaban sus raíces en la tierra húmeda de las orillas mientras saturaban el aire con aromas mentolados. Y, en mitad del arroyo, allá donde la corriente se hacía balsa serena, algún nenúfar de flores amarillas jugaba a reposar su bella levedad.

Más adelante, cuando el desnivel del terreno se convertía en pendiente, como en una loca carrera, el agua tornaba a saltar con fuerza por encima de los peñascos redondos con su desbordante alegría de río joven  para caer después formando delicadas cortinas, tan delgadas, que se podía ver a través de ellas el verdor oscuro y misterioso de los musgos asidos a la piedra. Luego, como en una explosión de perlas, estallaba en mil gotitas, mil diamantes transparentes y juguetones acicalados con destellos irisados que pintaba en ellos el sol del mediodía.

Aquellas mañanas de las primaveras de mi infancia junto al arroyo, dejaron en mí un recuerdo tan intenso, con un sabor tan dulce a naturaleza en estado puro que, en más de una ocasión, me ha servido para atemperar el ardor de las heridas que me han ido dejando en el alma, a lo largo de los años, las diarias y resecas batallas por la vida.




miércoles, 22 de mayo de 2019

Bajo la lluvia





Cuando la noche del tedioso domingo me ahoga con su negro manto de víspera siniestra, salgo a respirar vida.

Ya en la calle, me recibe un viento enfurecido que, como un dios poderoso de invisibles tentáculos, juega con las hojas muertas del parque elevando sus frágiles cadáveres hasta las mismas ramas que un día les dieron vida. Todo el parque es un reflejo exacto e invertido del paisaje otoñal de hace unos meses. Las copas de los árboles son ahora las hojas amarillas y rojizas que cubren todo el césped alrededor del tronco, mientras que las desnudas ramas parecen que clavaran sus extremos delgados en un cielo plomizo y ceniciento en busca de humedad, cual raíces sedientas.

Comienza a llover. Apenas se ve a nadie por las calles. Sólo de vez en cuando me cruzo con alguna pareja de jóvenes amantes que caminan abrazados bajo la frágil intimidad de un paraguas. Y al verlos, vuelven a mí los antiguos recuerdos, esos que se alojaron para siempre en el derstartalado hotel de mi alma voluble y soñadora. Llegan y se filtran a través de todas las heridas de la piel de mi espíritu. Y acuden en oleadas todas las sensaciones. Colores y palabras. Olores y suspiros. Y todo se me agolpa y me eleva hasta el vértice de una dimensión nueva, de un plano virtual donde los sueños embriagan, como el vino.
La noche huele a ti, a aquel perfume tuyo que anulaba mi débil voluntad. A nostalgias antiguas que regresan a mí con la fuerza imparable de un torrente sin cauce, sin destino posible…

Con las luces de un nuevo amanecer, vuelvo a casa. Conmigo regresa el dulce recuerdo de un amor que se quedó flotando para siempre en el aire dormido de mis noches en vela.

                                                                                                        
Enero,201...




martes, 11 de diciembre de 2018

Niebla





Anochece. Una gélida niebla envuelve todo el parque. Tras el espeso manto, surgen por todas partes cual soles amarillos y enfermizos, las luces mortecinas de cientos de farolas que parecen mirarme. Y en esta  noche fría con lágrimas de estrellas, pienso en ti como nunca. Y te imagino alegre, aunque en tus labios rojos se haya instalado un rictus de perpetua tristeza. Y te veo resuelta, aunque tus bellos ojos de color avellana conserven todavía ese brillo apagado de nostalgias antiguas que se afana sin éxito en nublar tu mirada.

¿Dónde estás tú esta noche, adorable poetisa de versos encantados? 
¿En qué rincón bañado por la luna juegas a ser la ninfa de los sueños prohibidos? 
¿Acaso te has quedado dormida, arropada tan solo por el manto de plata de esta luna redonda que me sigue mirando irónica y burlona, mientras me guiña su ojo de pérfida hechicera? 
¿O tal vez te perdiste entre los altos ceibas de una selva sombría y solitaria, persiguiendo a la aurora?

¡Qué tristeza en el aire de este frío diciembre! ¡La niebla se ha llevado los mágicos momentos en que tu corazón y el mío latían al unísono burlando las barreras de una lógica fría e inhumana, mientras nos elevábamos majestuosos sobre los negros prados de la mediocridad!
¡Qué frágil es la dicha y que fuerte el olvido! 

La vida nos ha ido enseñando a enturbiar con ondas de temores la superficie límpida y tranquila del lago de los sueños. Somos extraños seres que renunciamos a la felicidad por miedo al dolor que surge cuando la felicidad termina. Evitamos ser dichosos para no sufrir tras la dicha...

Y así, renunciamos a lo sublime por lo vulgar, a los sueños por los fracasos. Y nos pasamos toda nuestra triste existencia creyendo que hacemos lo correcto.

Es ya madrugada. La niebla se ha hecho más espesa. Apenas se dibujan ya en su lienzo de agua la luces mortecinas de las tristes farolas. El rocío de la tarde se ha tornado llovizna y un frío casi helado me golpea la cara.

Es hora de dormir abrazado, como cada noche, a tu dulce recuerdo.




sábado, 29 de septiembre de 2018

El farol y la luna



Fenece esa llama insolente apagando (pagando) su osadía de luz intrascendente de farol ante la fastuosidad de esa luna redonda que  en cada plenilunio le muda la razón en mística locura y lo empuja sin pausa y sin remedio a venerar su luz, a amarla sin medida.

Y es que el día que entendemos que el sentido final de este incierto viajar de la cuna a la tumba no es otro que el amor, nada ni nadie podrá ya detener ese río que fluye sin diques ni barreras.

Es entonces cuando, hasta la pobre luz de este farol mohíno y solitario, se atreverá a reunir todo el valor del mundo para mirar de frente y a los ojos a esa belleza pálida de guiños seductores que en cada plenilunio lo hechiza con su magia redonda de eterna enamorada, hasta hacer de su humilde alumbrar apenas un suspiro de brillos apagados de tanto desearla.

Pero a él no le importa perder toda su luz en cada luna llena porque sabe que al fin no hay nada más hermoso que morir por amor.

En las noches sombrías, solitarias y eternas...suspira y se estremece la llama del farol mientras sueña impaciente con la feliz llegada de un nuevo plenilunio.




viernes, 11 de mayo de 2018

Summertime (Impresiones)






Gime el saxo en la azotea del viejo casino , frente a la playa de los ingleses. La pequeña orquesta se vacía tras una noche entera sin parar de tocar.

En la pista de baile, la última pareja apura el sabor de un largo beso que comenzó de madrugada, allá en el rompeolas.

La mañana reparte las nostálgicas notas a golpe de brisa y las lleva hasta el pinar que surge por oriente coronado de soles amarillos. Y los pinos comienzan a danzar con ritmo acompasado, moviendo suavemente sus redondas melenas de cabellos de agujas…

Mil destellos brillantes surgen de entre las aguas de un mar aún dormido. Reflejos de diamantes tallados a golpe de agua y luz.

Un borracho de alcohol y soledad deambula entre las dunas lanzando improperios al aire. Un famélico perro de ojos tristes, lo mira silencioso.

Mañana de domingo.  El reloj de la torre deja caer las once.

Las gaviotas organizan su propio festival de risas estridentes mientras sobrevuelan lo lonja, hoy cerrada. Ellas ignoran todo sobre calendarios.

Y yo, sentado sobre un peñasco verdinegro amante de las algas, me eternizo mirando la bella inmensidad de un mar rizado apenas. Mientras, pienso en ti, como todos los días, como todas las horas..



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viernes, 13 de abril de 2018

¿Soy hoy?


Hoy soy...

...sombra negra de un tétrico ciprés de cementerio.
...perdido navegante buscando la verdad en el rizado mar de la poesía.
...humo espeso que oculta la cruda realidad que nos regala el tiempo,
   ese ente invencible.
...un ciego enamorado de mil amores nuevos cada día y todos son tú mismo,    
   siempre tú.
...cualquier niño-soldado que sueña en las trincheras de la vida con caricias
   de madre.
... caminante sin rumbo que se dejó su espíritu olvidado  en el fondo sereno
    de unos ojos de miel.
…apenas  un suspiro de vida entre las sombras, un destello fugaz de luz  
    entre la niebla…



    …por todo ello,¿soy hoy?

viernes, 9 de marzo de 2018

Tú y la noche





Cuando la tarde agoniza y los pétalos azules del recuerdo se abren entre la niebla, busco tus ojos en la incipiente oscuridad mientras recito versos ya lejanos, como aquellos que un día me hicieron creer de nuevo en lo imposible.

Cuando la noche lo envuelve todo con su manto negro tejido de hilos siniestros, busco tus añoradas facciones entre la gente que se cruza conmigo por la calle, pero nadie eres tú.

Cuando el aire de este frío noviembre se impregna de vulgares fragancias envasadas, busco en las redomas del recuerdo el sutil  aroma de tu piel ardiente, trémula de besos tras la madrugada.

Y toda tú me llegas a oleadas pero nítida y radiante, plena y sensual . Toda tú te me entregas cuando vienes a mi triste silencio y me regalas tu hechicera sonrisa, capaz de convertir en livianas cometas las piedras más pesadas del camino.
Y me traes tu luz, brillante como el sol en el estío.
Y me llega tu voz, agua fresca y serena, para regar con  ella los resecos arriates de mi alma.


Cuando la tarde agoniza y el frío se apodera de mi cuerpo cansado de añorarte, es el calor de tu dulce recuerdo, cada día más intenso, el que me arropa y me transporta al increíble mundo de los sueños, el único lugar donde reina la paz, la dicha y la armonía.

Soledad


¿Quién llenará hoy de halagos mi atormentado ego?
¿Quién me dará un abrazo esta lluviosa mañana de diciembre?
¿Quién calmará hoy mis ansias?
¿Quién apagará el fuego de mi cálida piel en este día gris de negros  
 nubarrones?
¿Qué ojos mirarán mis ojos apagados?
¿Quién abrirá sus labios sobre los labios míos para calmar la sed de amor que me devora?
¿Quién secará hoy mis lágrimas amargas?
¿Quién humedecerá mi reseca tristeza?

¿Qué hacer cuando a tu alrededor nadie ve tu vacío?

...Y es que hay días en que sería mejor seguir durmiendo.
En que sería mejor no despertar a este inmenso desierto que es a veces la vida.

 

sábado, 17 de febrero de 2018

Invierno





Te fuiste en primavera y ahora, en el verano, es tan viva la luz  que anida en mi retina, que apenas te recuerdo.

Pero sé que, cuando lleguen los fríos del invierno, cuando la densa niebla cubra el valle con su velo de gotas engarzadas, cuando la escarcha forme sobre los charcos dormidos del sendero un mosaico de diáfanos cristales de carámbano, entonces, sólo entonces...
...volveré a ver tus ojos que me miran desde el suave fulgor de la mañana.
...volveré a oír tu voz en mis oídos susurrándome bajito, muy bajito, dulces palabras de amor.
...volveré a ver tu cara en los espejos de la tarde, mientras la última luz juega a esconderse tras las montañas azules de poniente.

Cuando los troncos secos crepiten en mi solitaria chimenea.
Cuando los fríos puñales del hielo de la noche cuelguen desde el alero del tejado, amenazando con caer sobre los setos de las mustias caléndulas, entonces, sólo entonces...
...mi alma se impregnará del terrible vacío que se dejó olvidado tu insoportable ausencia. 

 


Esas gotas de rocío sobre la hierba, son tus lágrimas.
En la cegadora claridad de la mañana, está tu intensa luz.
En la rítmica canción del chorro de la fuente, está tu risa.
En los ojos asombrados, muy abiertos, de los niños ante el mar, están tus ojos.
En el cenit de los días, sol lejano, está tu silencio.
Con la brisa de la tarde, en primavera, llegan hasta mi las notas de aquella nana primera, dulzura para el alma.
En los atardeceres encendidos del verano, veo tus párpados cerrados por el sueño y la fatiga.
Y en la noche negra, triste y solitaria, se desparrama tu pelo para cubrir mi sueño ilusionado.

Siempre, siempre estarás tú. En todo y a todas horas estarás tú.
Porque gracias a ti, madre querida, mi triste corazón aprendió a bailar con ritmo acompasado y seguro, la bella danza del amor en este inmenso salón de baile que es la vida

viernes, 16 de febrero de 2018

Madrugada

     

   A veces, de madrugada, salgo a la terraza y, con mi taza parisina de humeante café en la mano, observo la ciudad...

Me fascina el silencio de la hora, la callada presencia del aire entre las ramas y el brillo tembloroso, como inseguro, de alguna estrella lejana...Pero, sobre todas las cosas, me fascinan las luces que a esas horas permanecen encendidas aún, tras las ventanas. Las observo y, sin saber muy bien por qué, me imagino que, bajo cada una de ellas, allá en el salón cálido y confortable, hay alguien que espera...Que espera a que la persona adecuada llegue a su vida...la esperan en silencio, convencidos de que tarde o temprano, llegará...llevan toda una vida en esa dulce espera....

Lo que ellos no sospechan es que aquel o aquella a quien esperan, está igualmente esperando bajo otra luz igual de mortecina...esperando también a alguien que les quiera...